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Ansiedad y la imagen del hombre



La ansiedad es un termómetro que nos da la imagen del hombre de este final de siglo”, escribía el psiquiatra español Enrique Rojas allá a fines de la década del 80. El diagnóstico no parece haber cambiado demasiado en lo que va del siglo XXI. Fobias, pánico y ansiedad generalizada –las principales formas con que se presenta este cuadro– son motivo de consulta cada vez más frecuente en los gabinetes de salud mental.
Ni siquiera los más chicos están a salvo: estudios realizados en los Estados Unidos detectaron que entre el 8 y el 10 por ciento de la población infantil y adolescente evidencia algún tipo de trastorno vinculado con la ansiedad. Si bien en la Argentina no hay estadísticas al respecto, la percepción general es que los efectos de la llamada “era del estrés” se hacen sentir entre la población infantil, en particular luego del cimbronazo económico-social de 2001. Padres muy exigentes con sus hijos o consigo mismos pueden llegar a ser el detonante de estos cuadros. Además de un mundo de por sí inestable: en Buenos Aires se registraron casos de chicos que manifestaron síntomas tras ver la cobertura televisiva de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York.

Tiempos difíciles
“Ante cualquier situación de crisis, la más vulnerable es la infancia”, asegura Gustavo Finvarb, psicoanalista, especialista en psiquiatría infanto-juvenil y jefe de la Unidad de Salud Mental del Hospital de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez. También dice que en la actualidad las consultas se realizan mucho más precozmente que en otras épocas. “Es que cada vez se conocen y respetan más las patologías de la infancia”, concluye.
Por su parte, el doctor Roberto Pallia, jefe del Servicio de Salud Mental Pediátrica del Hospital Italiano de Buenos Aires, comenta: “El 2001 arrasó. Los chicos sufrieron las consecuencias en los distintos estratos sociales y familiares”.
Precisamente, si de algo se trata la ansiedad es del miedo. Por eso no es de extrañar que en situaciones de desasosiego e incertidumbre general los cuadros vinculados con esta emoción surjan o se agraven. En estos días, los especialistas detectan una mayor cantidad de casos ligados con estrés postraumático (generado por situaciones catastróficas como, por ejemplo, AMIA o República Cromañón), acoso escolar, abuso u otros tipos de violencia. “Los casos de ansiedad existieron siempre; ya los describió Freud –apunta Pallia–. Pero en los últimos años esta sensación de vulnerabilidad está más presente socialmente. Hay una vivencia de inmediatez: no era lo mismo ver algo en diferido, por televisión blanco y negro, que verlo en vivo y en directo, en crudo. El vértigo de la cobertura mediática puede afectar a un chico que está sensibilizado.”
Aunque los profesionales de la salud dan cuenta de trastornos de ansiedad incluso en bebes, los más afectados suelen tener alrededor de 10 años o ser adolescentes. Pero, atención: “La ansiedad en sí misma no es patológica”, insisten los especialistas. Y agregan: es normal que los seres humanos nos pongamos ansiosos frente a determinadas circunstancias. Lo que preocupa es que a veces la ansiedad no surge a partir de situaciones puntuales, sino que invade todas las experiencias vitales de una persona.
“Básicamente, la ansiedad es una reacción biológica y psicológica que nos permite protegernos ante una situación de peligro –afirma María José Madou, coordinadora del área infantil del Centro IMA (Investigaciones Médicas en Ansiedad)–. Genera tres tipos de respuesta: ataque, huida o parálisis”. La especialista explica que existe un desfase entre nuestra estructura orgánica –la misma que tenía el hombre de las cavernas– y el complejo universo cultural actual. Mientras nuestros antepasados tenían síntomas de estrés una vez al día, probablemente cuando salían a cazar, nosotros debemos tomar a cada rato decisiones, transitar entre todo tipo de estímulos sensoriales, adaptarnos al cambio continuo, vivir en estado de alerta casi permanente. Como si nos acechara un mamut a cada vuelta de la esquina.
Sin embargo, “el error está en pensar que somos víctimas pasivas de los estímulos –aclara Juan Manuel Bulacio, médico psiquiatra, director de la Fundación en Ciencias Cognitivas Aplicadas ICCAp–. Es verdad que la ansiedad patológica inhibe, pero la ansiedad positiva estimula, moviliza a la persona hacia el objeto deseado”. Bulacio considera que es posible desarrollar capacidades personales para enfrentar el estrés. Entre los adultos, “entender que la vida no es sólo el índice de inflación, que uno vive en determinado contexto social, pero que en su casa es dueño de cerrar la puerta y detenerse, leer un libro o escuchar música”. ¿Y en los chicos? “Jugar. Una buena preparación para la adultez es que el chico sea feliz, que juegue y cree vínculos”, concluye.

Sólo se trata de crecer
“El miedo no es zonzo”, dice el refrán popular. Y la infancia lo confirma. En su justa medida, los miedos son un factor de protección: constituyen el recurso con el que todos los niños o niñas preservan su integridad. “Son evolutivos –confirma Madou–. Que un chico empiece a tener miedo indica que se está desarrollando. Es decir, está adquiriendo conciencia acerca de su propia individualidad y recursos.” La regla de oro para los adultos que viven con él: procurar no impacientarse ni enojarse; ayudarlo a superar esa situación.
A grandes rasgos, ¿cuáles son los miedos infantiles considerados normales? Entre los 6 y 18 meses se presenta el temor a la oscuridad y lo desconocido, mientras que alrededor de los 8 meses surge la angustia frente a un extraño (“reacción que revela el reconocimiento y la individualización del rostro de la madre”, apunta María José Madou). Entre los 2 y los 7 años se manifiestan miedos a ciertos animales, monstruos o fantasmas y situaciones de soledad. Finalmente, a partir de los siete años aparecen temores ligados con el contexto social, el rendimiento escolar o deportivo y el miedo a la muerte.
En la medida en que el chico evoluciona normalmente, estos temores desaparecen o disminuyen. Pero si alguno de éstos no concuerda con el momento evolutivo, es exagerado o no guarda relación con lo real (tiene miedo de que lo agredan aunque no esté en un entorno hostil), es probable que se esté generando un trastorno de ansiedad. Los síntomas suelen estar a la vista: el muchachito o la muchachita se muestran permanentemente preocupados; tienen miedo de sacarse una mala nota, de que la mamá no los vaya a buscar a la escuela o de que algo terrible les ocurra a sus seres más queridos; se tornan irritables, somatizan (dolores de cabeza o abdominales)... También puede ocurrir que dejen de jugar o sufran trastornos en el sueño o en la alimentación. Finvarb destaca los cuatro elementos que señalan una ansiedad patológica: “Autonomía (no se relaciona con causas exteriores), intensidad (el grado de sufrimiento supera la capacidad del niño o la niña para afrontar o tolerar el malestar), conducta (aparecen incapacidades o limitaciones) y, finalmente, duración”. Pallia también alerta sobre este último punto: “Hay que prestar atención cuando los síntomas y el sufrimiento son persistentes”. O sea, si surge una dificultad que no se resuelve al cabo de unas dos o tres semanas. El factor de la duración es aplicable también a los momentos más duros: “Una crisis aguda, debida a una separación, por ejemplo, debería ceder dentro de los dos o tres meses”, asegura el profesional. Otra cuestión por considerar es si resultan afectadas al menos dos áreas de la vida del chico: si empieza a tener problemas tanto en la escuela como en sus vínculos familiares, es hora de empezar a observarlo más atentamente. Obviamente, es imposible que un niño nunca se tope con situaciones generadoras de ansiedad o algún tipo de sufrimiento. Pero si manifiesta serias dificultades para superar esos momentos críticos, es entonces necesario consultar con un especialista.

Diagnósticos y tratamientos
“En la mayor parte de los casos, la recuperación es completa –asegura el Dr. Finvarb–. Pero antes es necesario hacer un buen diagnóstico, seguir el tratamiento adecuado y lograr que la familia colabore.”
En función de cuál sea la preocupación, se define el problema. Los más frecuentes son: trastorno de ansiedad por separación, pánico, ansiedad generalizada, fobia social, fobia específica y el trastorno de estrés postraumático (ver recuadro).
Estos cuadros pueden presentarse asociados a otros, como la depresión o el déficit de atención, que ocurre en chicos desatentos, impulsivos e hiperactivos. La mirada del especialista será fundamental a la hora de discriminar e identificar correctamente los síntomas. “Muchos chicos con trastornos de ansiedad pueden ser desatentos porque están angustiados, “rumiando” su problema –describe Roberto Pallia–. Por el contrario, el hiperactivo está desatento porque no puede focalizar.”
Una vez determinado el tipo de trastorno y sus posibles detonantes, se inicia el tratamiento. En general, los especialistas coinciden en que la atención más adecuada es la que brindan los equipos interdisciplinarios, que suelen articular distintas miradas terapéuticas (psiquiatría, psicoanálisis, psicología cognitiva) e incorporar incluso técnicas ligadas con el juego y lo corporal. Se considera la posibilidad de la medicación, pero sólo en ciertos casos, cuando el sufrimiento se torna insostenible o si el pequeño paciente está estancado en un cuadro que le impide seguir con el desarrollo y la socialización adecuados para su edad.

La velocidad y profundidad de la recuperación dependerá de varios factores. Entre otros, el grado de vulnerabilidad del niño o la niña, el compromiso de los padres con el tratamiento (o su propio interés por afrontar cuestiones no resueltas que, más allá de que se verbalicen o no, son “leídas” por los chicos), las características del medio socioeconómico en el que viven. “En un 30 o un 40% de los casos la ansiedad es herencia genética –recuerda Pallia–. Pero en un 60% tiene que ver con factores ambientales: sociales, políticos y económicos.” Algo rigurosamente tangible en tiempos de migraciones, crisis del mercado laboral, reformulación de la estructura familiar tradicional. Por eso, la contención de los adultos más cercanos es fundamental para preservar la salud emocional en la decisiva etapa de la infancia. Así lo cree Juan Manuel Bulacio: “Hay que proteger al chico de los estímulos sociales que generan ansiedad. La prevención es básicamente familiar”.


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Fuente: Diario LaNacion

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