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Ansiedad con la comida


Estos mismos alimentos que tanto nos gustan pueden estar generando un desequilibrio en nuestro organismo que haga que los necesitemos para encontrarnos bien. Por ejemplo, algunos alimentos como el chocolate aumentan los niveles de serotonina en el cerebro pero a la vez son alimentos altamente adictivos que podemos llegar a comer de manera compulsiva.

Si nos sentimos bien al comer un alimento en particular, entonces de manera natural querremos comer ese alimento a menudo. Si nos sentimos marcadamente mejor después de comer pan, por ejemplo, es probable que continuemos comiéndolo a pesar que el pan es un alimento rico en carbohidratos que nos provoca fácilmente el deseo de comer más y más de él. Los consumidores habituales de pan pueden comerse fácilmente media barra antes de haber siquiera pensado en las consecuencias. Por supuesto, este tipo de situación no es exclusiva del pan, muchos otros alimentos pueden provocar el mismo fenómeno. Esta sensación de ¨ bienestar ¨ con los alimentos puede ser debida a varios motivos.

A menudo, observamos que la sensación de bienestar con los alimentos está conectada con alergias alimenticias. Es un fenómeno extraño pero comer un alimento al que somos alérgicos puede producir una sensación de bienestar engañosa.

Un caso muy especial de esta sensación de placer o bienestar después de comer es el que se produce cuando un alimento sube los niveles de glucosa en sangre. Para que un alimento tenga este efecto tiene que ser un carbohidrato y actuar como fuente de glucosa. Por tanto los alimentos que suben la glucosa más directamente son los azúcares, o los alimentos ricos en azúcares. Las barritas de chocolate son uno de los mejores ejemplos. Estos alimentos tan dulces producen un rápido incremento de los niveles de glucosa ya que el azúcar se absorbe directamente en la sangre. Cuando sube tan rápidamente, se producen unos efectos casi inmediatos que hacen que la persona se sienta mas alerta y mas activa cerebralmente que antes de consumirlos, produciéndose entonces esta sensación de placer. Naturalmente, la gente en general disfruta de esta sensación y muchos de nosotros consumimos este tipo de dulces o alimentos ricos en carbohidratos una y otra vez.

Cuando los niveles de glucosa bajan, tenemos más deseo de azúcares, estimulantes y carbohidratos refinados. Pero a su vez, las bajadas de azúcar se producen cuando se abusa de estos mismos estimulantes, lo que genera un auténtico círculo vicioso. El consumo frecuente de azúcares y estimulantes agota a las glándulas adrenales que cada vez se verán más incapacitadas para estabilizar la glucosa en la sangre y nos produce deseos de alimentos a deshoras, deseos de dulce, chocolate, café, alcohol o algunas bebidas cola.

Si nos alimentamos a base de alimentos procesados, refinados, envasados y desnaturalizados, podemos producir un déficit de micronutrientes como vitaminas o minerales. Este déficit, desequilibra aún más nuestro organismo que acaba pidiendo una cantidad excesiva de comida para poder compensar sus carencias, lo que puede desembocar en una manera compulsiva de comer.

Por último, algunos alimentos pueden afectar a las sustancias químicas del cerebro y en consecuencia al estado de ánimo. Los dos neurotransmisores más importantes para la estabilidad de ánimo y los antojos de comida son la serotonina y las endorfinas. La serotonina se libera tras comer carbohidratos y azúcares y trasmite serenidad y estabilidad de ánimo. Las endorfinas se liberan tras comer grasas y chocolate y transmiten altos niveles de energía y euforia a las neuronas. El chocolate contiene azúcares y grasas por lo que estimula la serotonina y las endorfinas y además contiene teobromina, una sustancia similar a la cafeína, y feniletilamina, una sustancia química que se libera en el cerebro cuando nos enamoramos.

Muchos de los motivos que nos hacen comer de manera compulsiva o con ansiedad son puramente fisiológicos, pero afectan fácilmente nuestras emociones. La sensación de “placer” es tan importante para la gente que acaba teniendo un componente emocional. Queremos sentir esa sensación una y otra vez. Por tanto el consumo de determinados alimentos adquiere un aspecto tanto emocional como de hábito. A mucha gente el comer le alivia tensiones, preocupaciones e infelicidades (quizás también esto tenga que ver con los niveles de glucosa en sangre, pero hay conexiones inevitables entre la fisiología y la psicología).

En parte, las causas de este problema son culturales, nos crea ansiedad el comer de manera diferente a la mayoría. Los alimentos con los que nos hemos criado tienen normalmente un componente emocional y cambiarlos puede suponer una revolución interna. Otro aspecto del bloqueo cultural tiene que ver con la imagen que ciertos alimentos tienen en nuestra sociedad. Algunos alimentos se consideran socialmente “correctos” y por tanto podemos vernos presionados a comerlos como todo el mundo. Bastante a menudo nos encontramos con que los alimentos socialmente aceptables no son particularmente sanos, sino más bien lo opuesto.

En los países Occidentales, en los que se consume una cantidad abundante de productos lácteos, se suele tener esta imagen de la leche y los quesos. Este es el tipo de dependencia emocional a la que nos hemos referido anteriormente. A veces, el trigo también esta ligado a una psicología alimenticia similar, ya que en Occidente se le considera imprescindible.

Cuando decidimos cambiar de dieta por razones de estética, el hecho de prescindir de determinados alimentos lleva implícito ciertas connotaciones negativas, es decir, no nos gusta nuestro aspecto físico. Queremos poder comer “como todo el mundo” pero no podemos. Acabamos deseando con mayor fuerza, aquellos alimentos prohibidos altos en calorías porque no hay una razón de salud para excluirlos sino sólo un deseo de mejorar la imagen exterior. Pero si nuestro motivo para cambiar la dieta no es tanto el peso sino más bien el deseo de estar más sanos y mejor alimentados, entonces las connotaciones negativas desaparecen.

Ya no tenemos el deseo de castigarnos comiendo lo que no debemos sino que el hecho de estar a dieta se convierte en un placer, pues nos sentimos satisfechos de poder mejorar nuestra salud. No queremos tener una alimentación diferente porque nos sobra peso, pero quizás sí queramos ser diferentes porque nos preocupamos más por nuestra salud.



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